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Thursday, June 22, 2006 

wagbach, kyrie eleison siegfried


Siempre me llamó la atención cuando en el Teatro Colón, en el medio de la orquesta, sonaba uno de esos timbres. Como un triángulo hiperviolento, nos alarmábamos todos, yo y los demás, los demás y yo. Y aquí me vengo a preguntar: ¿qué hace la música con nostros corpos? ¿Hacia dónde nos conduce la música y por qué? Cómo entender la música es algo realmente difícil. Se ha dicho todo tipo de fruslerías y tonterías sobre la música, que no conducían a nada. Por ejemplo, que la música sirve para ocultar el barramiento del Otro, que es asemántica, no sé cuánta basura escuché por ahí.
Lo que pasa cuando hay Wagner, o sea cuando llega Sigfrido con toda su fuerza, o cuando hay Bach, o sea cuando comienza la Misa en Si menor, no tiene comparación en mi universo de cosas-reales-que-me-suceden. El efecto Schumann en sus conciertos para piano es el de desmayar. Yves produce una transmutación de lo existente, y Joachim Heintz nos hace deformarnos junto con la música. Con ciertas músicas inexistimos: lo que existe es la misma música. Con otras músicas re-existimos, y eso es interesante. Extraexistimos, nos transportamos a lugares de muchas intensidades, no lineales. Pienso en Ricardo Rodulfo cuando digo esto, y pienso mucho, pero mucho, en mí y en mi vida. Ahí hay algo que se desenmarca y cae de su lugar, por suerte, no por desgracia. Kyrie Eleison para tantos, para György Ligeti y su música revolucionaria a muchos BPM, para Freud en su aniversario y para el mismísimo Mario Levrero, que no deja de ser sí mismo. Justo como Leo Maslíah, que es un libro lleno de sangre.